domingo, 2 de julio de 2017

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martes, 27 de junio de 2017

Por qué nos cuesta tanto hacer ejercicio (y no es sólo por flojera)

Por Redacción BBC Mundo

Si eres de los que no hace ejercicio puede que no sea totalmente tu culpa.

Es posible que la razón por la que te cueste tanto estar activo físicamente no pase por tu falta de voluntad, sino por el simple hecho de cómo eres.

O que las innumerables excusas que sueles mencionar para justificar una vida sedentaria en realidad tengan fundamento, o por lo menos algunas de ellas.

El punto es que no puede ser simplemente casualidad que pese al bombardeo de información sobre los numerosos beneficios que brinda el ejercicio, tanto para la salud como para el estado de ánimo, todavía haya una mayoría de la población que no hace ningún tipo de entrenamiento físico.

"Por experiencia se debe a una condición o predisposición genética ligada al somatotipo de cada persona", le explicó a BBC Mundo Juan Francos Marco, licenciado en ciencia deportiva del centro Alto Rendimiento.
"Para alguien endomorfo es mucho más difícil cualquier actividad física que para una persona del grupo ectomorfo o mesomorfo, y eso hace que tengan más predisposición a llevar una vida más perezosa. Si hacen ejercicio es más por una recomendación médica".

Nuestros ancestros

Para el profesor David Lieberman, experto en la evolución biológica del ser humano, la explicación puede remontarse incluso hasta nuestros ancestros.

En un trabajo que realizó en 2015, "¿Realmente es el ejercicio una medicina? Una perspectiva evolutiva", el profesor de Harvard explica cómo nuestros antepasados tenían la tendencia de reposar y guardar energía cuando no estaban obligados a someter al cuerpo a exigentes jornadas de caza o se trasladaban de un lugar a otro.

"Es natural y normal ser físicamente flojos", aseguró.

"Nuestro instinto ha sido siempre ahorrar energía. Durante la mayor parte de la evolución humana eso no tenía relevancia porque si querías poner comida en la mesa tenías que trabajar realmente duro", en referencia a que en aquellos tiempos no resultaba fácil encontrar las cantidad de alimento necesaria para balancear las calorías que se quemaban cuando se salía en cacería.

En una entrevista con el diario The Washington Post, Lieberman explicó que en la vida moderna no se necesita el mismo esfuerzo físico ya que las máquinas y la tecnología nos hacen la vida mucho más fácil, pero que "heredamos sus instintos" de reposar cuando no es necesario estar en movimiento.

En el mismo artículo, el profesor Bradley Cardinal, de la universidad estatal de Oregon, escribe que no cree que todo se deba a un tema biológico y que hay un aspecto social que tiene un efecto negativo en las personas.
 
En ese sentido se refirió al hecho que en muchos círculos de la vida en los que nos desenvolvemos, sea con amigos o profesionalmente, está mal visto no hacer ejercicio y no se entiende que la actividad física se debe llevar como algo natural, incluso cuando se decide no hacerla.

Zona de confort

Para Sherry Pagoto, profesora de medicina de la universidad de Massachusetts, en un artículo publicado en el portal Psychology Today, lo más difícil es poder superar el rechazo psicológico que se genera a raíz de las muchas situaciones incómodas que se experimentan del propio ejercicio físico.

Sudar, pasar frío, sentirse sin aliento, los dolores musculares o el sacrificio que implica son elementos que juegan constantemente con la mente, que suele entrar a menudo en una confrontación con la voluntad de las personas.

Pagoto considera que la incomodidad de esas situaciones es algo temporal y que el cuerpo humano se adapta a las nuevas experiencias, lo que abre un abanico de posibilidades y recompensas.

Para ello también es importante entender la realidad en la que cada persona ha vivido.

"La cultura y la educación toman un aspecto relevante a medida que se va creciendo", indicó el profesor Marco, del centro Alto Rendimiento en España.

"Si nunca se ve a nadie de tu familia o de tu entorno practicar deporte o hacer ejercicio será difícil se que se sienta atraído a hacerlo. En caso contrario el niño lo incorpora como algo implícito para el resto de su vida", explicó.

"Otro factor que condiciona es la motivación", siguió Marco.

"La gente quiere resultados rápidos porque asocian que hay un sufrimiento que requirió mucha voluntad y disciplina".

"Si no ven la recompensa aparecen las dudas y cuestionan si está valiendo la pena el esfuerzo".

Según el preparador físico español lo más recomendable es entender que se trata de un proceso lento, que si bien requiere voluntad y dedicación, con el tiempo se obtendrá la recompensa.

Y que no hay nada reprochable con el hecho de que algunas personas son simplemente más perezosas y otras por naturaleza son más activas.


Fuente:

http://www.bbc.com/mundo/deportes-40417300

Artículos del diario ABC

He puesto artículos del diario español ABC, quienes gentilmente me han dado permiso por email para reproducir o republicar sus artículos en mi blog y que siempre que lo haga indique la fuente.


El Gran Incendio de Londres de 1666, o cómo el fuego acabó con una epidemia de peste interminable

La hipótesis de que el fuego del Gran Incendio tuvo su origen en el descuido de un panadero es hoy la opción más aceptada. Durante años se culpó a los católicos ingleses, como otrora se culpara a los cristianos del incendio de Roma o a otros cabezas de turco que pasaban por el lugar del crimen

Por César Cervera


El domingo 2 de septiembre de 1666, un panadero de Londres llamado Thomas Farriner olvidó apagar correctamente uno de sus hornos. Cuando el fuego se extendió por toda el local, la familia de Farriner se salvó saltando a una de las casas colindantes, no así la criada, que fue la primera víctima de un incendio que destruyó 13.200 casas, 87 iglesias parroquiales, el ayuntamiento de Londres, la Catedral de San Pablo y, en suma, los últimos resquicios medievales aún presentes de lo que estaba por convertirse en la mayor urbe del mundo.
La hipótesis de que el fuego del Gran Incendio tuvo su origen en el descuido de un panadero es hoy la opción más aceptada. Durante años se culpó a los católicos ingleses, como otrora se culpara a los cristianos del incendio de Roma o a otros cabezas de turco que pasaban en el peor momento por el lugar del crimen. Un relojero francés llamado Robert «Lucky» Hubert confesó ser un enviado del Papa de Roma con la misión de incendiar Westminster. Su testimonio fue sacado a la fuerza, bajo tortura, y estaba cebado de contradicciones, lo que no evitó que fuera ahorcado a finales de ese mismo mes de septiembre en Tyburn. La guerra en curso contra Francia no jugaba a su favor..

La Incompetencia del Alcalde
En cualquier caso, la gravedad del incendio no estuvo en el origen del fuego, sino en cómo fue creciendo durante toda la noche («si es que puedo llamarla noche porque estaba tan iluminada como un día, de un modo terrible, a diez millas a la redonda»). Desde la panadería en Pudding Lane, el fuego se extendió a través de los suburbios más pobres, y con su avance se desataron los desórdenes al correr el rumor de que agentes holandeses o franceses, en ese momento enemistados con Inglaterra, habían provocado la catástrofe. Las autoridades se vieron desbordadas en sus intentos de controlar el fuego, a la vez que frenaban los saqueos y los estallidos de violencia.
El principal método del periodo para sostener las llamas, ya aplicado en tiempos de la Antigua Roma, era realizar cortafuegos demoliendo algunos barrios, puesto que lanzar cubos de agua resultaba como tratar de endulzar el mar a cucharaditas. La tardanza del alcalde mayor, Sir Thomas Bloodworth, a la hora de autorizar las demoliciones más drásticas hizo que la situación se alargara durante tres días y cada vez más barrios se vieran implicados por aquella tormenta ígnea.
Entre la leyenda y la realidad se le achaca a Bloodworh la frase: «¡Psh! Una mujer podría orinar encima», queriendo quitar importancia al Gran Incendio, lo que le ha dejado como el villano incompetente y descuidado en esta historia. Sin duda su falta de decisión –las demoliciones iban más lentas que el fuego– agravó una situación que tenía su mayor razón de ser en la sequía extrema de ese año.
Después de un año de sequía sin igual, el de 1665, el siguiente verano seco dejó el terreno abonado para un incendio de dimensiones bíblicas. Las casas estaban construidas en su mayor parte con madera y paja, además de muy juntas, y prendieron como si todo estuviera preparado previamente para una enorme hoguera. La estampa era la de miles de ciudadanos arrojando sus bienes al río para salvarlos en improvisadas gabarras. Cuando el fuego fue acorralando la ciudad, una enorme masa humana huyó hacia las iglesias y refugios aún a salvo. Huían del fuego o, más bien, de la hambrienta tormenta ígnea en la que se había transformado.
Al amanecer del segundo día, el viento condujo las llamas tanto al sur del Támesis –que se salvó de recibir más daño por la mayor separación en esta zona–, como hacia el norte, donde estaba situado el corazón de la ciudad y lo que hoy se llamaría el casco antiguo. Las referencias bíblicas y mitológicas no faltaron entre los cronistas que describieron aquel asalto a las esencias de Londres: «Sodoma», «el Último día», «Troya adierno»…
La antigua catedral de San Pablo, cuyo origen más remoto se hundía en tiempos medievales, fue arrasada y el fuego llegó a amenazar la Corte Real de Carlos II en Whitehall. John Evelyn, cortesano y diarista, describió cómo «las piedras de la catedral de San Pablo volaban como granadas, mientras que el plomo derretido fluía por las calles como en un riachuelo». Los distritos ricos, tales como la «Royal Exchange», prendieron con el mismo entusiasmo que lo habían hecho los pobres. Y lo que es peor, la desesperación fue sustituida por una «rara consternación» ante lo inevitable. A este respecto, comentó Evelyn:
«La conflagración era tan universal, y las personas tan estupefactas, desde el inicio, yo no sé si por abatimiento o por destino, ellos apenas se movieron para apagarlo, de modo que no había nada que escuchar o ver sino gritos y lamentaciones, corriendo alrededor como criaturas distraídas sin ningún intento incluso de salvar sus bienes, como si una rara consternación estuviera encima de ellos».

Ruinas donde había antes una ciudad
El martes los fuertes vientos del Este dieron una tregua a los bomberos, mientras que el uso de pólvora por parte de la Guarnición de Londres creó cortafuegos realmente efectivos. Pero no hubo victoria, únicamente una tregua cuando la última llama se extinguió entre las ruinas. «Las personas, que ahora caminan entre las ruinas, parecen seres en un desierto lúgubre, o mejor, en una gran ciudad destruida por un enemigo cruel. A esto se le sumaba el hedor que surgía de los cuerpos de las pobres criaturas, de sus camas y de otros bienes combustibles», dejó escrito Evelyn.
El día después al incendio resultó igual de caótico. Según cita el monumento al Gran Incendio de Londres, «...de los 26 barrios [afectados], finalmente quedaron destruidos 15, y otros 8 quedaron destrozados y medio quemados». Más de 80.000 personas se habían quedado sin hogar y el Monarca inglés temió una rebelión en el corazón de la ciudad a manos de la masa de refugiados sin casa. El arquitecto Sir Christopher Wren se encargó de la reconstrucción manteniendo la distribución original de las calles, puesto que los propietarios que habían perdido sus casas así lo exigieron, pero usó ladrillos y piedra en vez de madera. La nueva ciudad era más amplia y con mejores accesos, lista para convertirse en la gran urbe que sería. Las casas techadas con paja o brezo fueron prohibidas y aún continúan siéndolo en la actualidad.
Hasta esta reconstrucción, los incendios se habían venido repitiendo cada pocas décadas en una ciudad que crecía sin orden y en el que las grandes epidemias se movían como pez en el agua. Cuando se produjo el Gran Incendio, Londres aún padecía los estragos de una epidemia de peste bubónica que mató a más de una quinta parte de su población. Incluso el Rey y las máximas autoridades de la ciudad habían abandonado Londres huyendo de la epidemia que parecía no tener fin. Los últimos casos de peste coincidieron con el incendio, probablemente debido a que la población más pobre, y por tanto más vulnerable, o bien murió o bien tuvo que abandonar los suburbios en los que vivían en condiciones insalubres. La inesperada solución fue tan terrible como la propia peste.
Después de una epidemia de peste interminable y del mayor incendio de su historia, Londres quedó sumido en un estado de desmoralización. Eso sin olvidar que mantenía entonces sendas guerras con Holanda y Francia, que repercutían negativamente en la economía inglesa. En junio de 1667, los holandeses realizaron una exitosa incursión en el río Támesis, emulando la aventura medieval del castellano Fernando Sánchez de Tovar. Los barcos holandeses bombardearon y tomaron la ciudad de Sheerness, navegaron río arriba el Támesis hasta Gravesend y siguiendo el río Medway hasta Chatham, donde quemaron tres buques y otros diez barcos de menor calado. La humillación se consumó pocas semanas después con la firma del Tratado de Breda.
No faltaron astrólogos agoreros y monárquicos ofendidos que vieron en aquella sucesión de catástrofes y calamidades el castigo celestial por la decapitación de Carlos I, un par de décadas antes. Los muertos no olvidan...
Fuente:


domingo, 25 de junio de 2017

La extraordinaria y premonitoria teoría del Big Bang del obispo medieval Robert Grosseteste


En Genesis 1:3 dice: "Entonces dijo Dios: Sea la luz. Y hubo luz".
Pero eso fue apenas el principio de la creación divina del Universo. Esto, según la Biblia, es lo que Dios hizo después con esa luz:

  • Entonces dijo Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche, y sean para señales y para estaciones y para días y para años;
  • y sean por luminarias en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.
  • E hizo Dios las dos grandes lumbreras, la lumbrera mayor para dominio del día y la lumbrera menor para dominio de la noche; hizo también las estrellas.
  • Y Dios las puso en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,
  • y para dominar en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.


En el siglo XIII, un erudito inglés de la orden franciscana pensó sobre el tema.
Robert Grosseteste trabajaba en uno de los grandes centros de aprendizaje en Oxford, al que la gente había empezado a llamar "universidad".
Para Grosseteste -cuya mente estaba repleta de arcoíris y rayos de luz- todo, hasta el acto divino primordial de la creación misma, tenía que ver con la luz.
Sin embargo, ¿cómo la hizo exactamente Dios?
La respuesta del religioso es verdaderamente excepcional. Su teoría fue el primer intento de describir los cielos y la Tierra usando un conjunto de leyes.
Desde su punto de vista, todo había empezado con luz y materia estallando hacia afuera desde el centro: un Big Bang medieval.
Su historia es una de invención e imaginación atrevida, de cómo la fe en principios matemáticos y científicos combinados con la creencia en un cosmos ordenado por Dios, dio lugar a una idea sorprendentemente profética.

Empieza con la luz...

Pero, ¿qué es la luz? Esa pregunta nunca ha sido simple.
Algunos de los primeros escritores cristianos pensaban que había dos tipos distintos de luz.
La lux, como se llamaba en latín, era lo que Dios usaba para hacer el cosmos, una especie de fuerza creativa divina, casi una manifestación del mismo Dios.
La otra era lumen, la luz ordinaria que emanan los cuerpos celestiales y nos permiten ver las cosas.
Esa visión de la iluminación es evidente para quien ha estado en una catedral gótica inundada de luz que entra por los vitrales de las ventanas.
Los sacerdotes y teólogos pensaban que al contemplar la hermosa lumen en la iglesia, los fieles se sentirían atraídos por la lux bendita de Dios.

Religión y  Ciencia

A pesar de que hoy en día parece haber un conflicto entre la ciencia y la religión, durante una buena parte de la historia la religión fue una gran motivación para querer saber más sobre el mundo.
En las escuelas de las catedrales de los siglos XI y XII -predecesoras de las universidades- algunos estudiosos pensaban que era su deber aprender más sobre el Universo que, para ellos, había creado Dios.
No sólo consultaban la Biblia: leían los escritos de los antiguos griegos como Platón, Aristóteles e Hipócrates, que habían sido preservados en traducciones hechas por escritores islámicos.
El aprendizaje sobre el mundo natural floreció en la era de las grandes catedrales góticas, y muchos historiadores hablan de un primer Renacimiento en el siglo XII.

La más hermosa de las entidades

Robert Grosseteste nació en medio de esa excitante época.
A principios del siglo XIII era un profesor prominente, erudito y, como todos los investigadores en Oxford, un cristiano devoto. En 1235 se convirtió en el Obispo de Lincoln.
Para él, la luz era una de las más maravillosas creaciones de Dios.
"La luz física es la mejor, la más deleitable, la más hermosa de todas las entidades que existen. La luz es lo que constituye la perfección y la belleza de todas las formas físicas", escribió.
Pero Grosseteste no se conformaba con sentarse a disfrutar de la luz que entraba por las grandes ventanas de la catedral gótica de Lincoln. Empezó a estudiarla como un científico.
Analizó por ejemplo el paso de la luz a través de un vaso de agua.
Se dio cuenta de que los lentes pueden magnificar los objetos, y cuando uno lee lo que escribió sobre eso se pregunta por qué pasaron otros 300 años antes de que los telescopios y microscopios fueran inventados.
"Esta parte de la óptica, cuando se entiende bien, nos muestra cómo podemos hacer que cosas que están a una distancia muy lejana parezcan como si estuvieran muy cerca, y las cosas que grandes que están cerca parecen muy pequeñas, y cómo podemos hacer que las cosas pequeñas que están lejos parezcan de cualquier tamaño que queramosde manera que podría ser posible para nosotros leer las letras más pequeñas a distancias increíbles o contar la arena o las semillas o cualquier clase de objetos diminutos".

Notó además que la luz se dobla al pasar de aire a vidrio o agua, un efecto llamado refracción.
Como otros antes que él, vio que la luz podía dividirse en un espectro colorido como un arcoíris, y escribió un tratado sobre los arcoíris en el que estuvo cerca de explicar cómo se forman: pensaba que las nubes actuaban como un lente gigante que refractaba la luz y la volvía de colores.

"De Luce"
En 1225, Grosseteste reunió lo que había aprendido de la luz en un libro que llamó sencillamente "De luce" (Sobre la luz).
Era una mezcla de teología, ciencia, metafísica y especulación cósmica.
Pero trataba en particular la cuestión de cómo Dios hizo todo el cosmos usando luz.
En vez de ver la Creación como una especie de acto de magia, Grosseteste empezó a transformarla en algo más parecido a un proceso natural, algo que ahora llamaríamos "estudio científico".
Como muchos de sus contemporáneos, creía que Dios trabajaba con principios simples basados en reglas que la humanidad podía entender usando lógica, geometría y matemáticas.
"Todas las causas de efectos naturales han de ser expresadas por medio de líneas,ángulos y figuras, porque de otro modo sería imposible tener conocimiento de la razón de estos efectos", escribió.
Y, como el Universo estaba gobernado por las matemáticas, era ordenado, racional y se podían deducir sus reglas.
De hecho, la descripción de Grosseteste de la creación divina consignada en De luce es tan precisa que puede ser expresada con un modelo matemático, algo que historiadores y científicos de la Universidad británica de Durham hicieron con ayuda de una computadora.

La Máquina del Mundo

Para Grosseteste y sus contemporáneos, el Universo consistía en la Tierra, en el centro, y todos los cuerpos celestiales -el Sol, la Luna, los siete planetas conocidos y las estrellas- girando a su alrededor en círculos perfectos.
Pero para él todo empezó con una especie de Big Bang en el que una explosión de luz -del tipo lux- hizo que una densa bola de materia se expandiera, volviéndose cada vez más ligera y diluida.
"Esa expansión dispersa la materia 'dentro de una esfera del tamaño de la máquina del mundo', que es como nombra al cosmos", le dice a la BBC Tom McLeish, uno de los físicos de la Universidad de Durham que tradujeron la teoría cosmológica de Grosseteste en un modelo matemático.
"Pero luego encuentra un problema: no lo puede expandir infinitamente, porque en esa época el Universo era enorme pero finito. ¿Cómo detenerlo? Con una brillante idea científica. Pensando como un físico, recurre a algo sencillo para explicar no sólo cómo deja de expandirse sino cómo se forman las esferas".

Una luz brillante en la oscuridad
"Si no se puede llegar al vacío, porque la naturaleza lo aborrece -reflexiona-, tiene que haber una densidad mínima, y cuando se llega a ésta, se tiene que cristalizar".
Siguiendo esa línea de pensamiento, eso ocurriría primero en la parte más lejana: el firmamento. Éste se cristaliza primero y se perfecciona, adquiriendo luz -lumen-, que también empuja masa, en este caso hacia adentro, y así se van creando las esferas en las que residen los planetas, el Sol, la Luna y la Tierra.

"El otro pensamiento moderno que tuvo fue que cuando miramos al cielo, el Universo que vemos de alguna manera contiene la huella o el eco de los procesos que lo formaron", señala McLeish.
"Eso es precisamente lo que los cosmólogos piensan hoy en día... ¡acuérdate de la búsqueda de microondas con el eco del Big Bang!", añade entusiasmado.
"Lo único oscuro de la Edad Oscura (entre la caída de Roma y el Renacimiento) es nuestra ignorancia sobre esa época. Grosseteste es un pensador profundamente impresionante", declara McLeish.
"La historia que me contaron cuando era joven fue que antes de los 1600 no había más que misticismo, teología, dogmatismo, etc. Y de repente aparecieron Galileo, Kepler, ¡wow! Todo es luz e Iluminación, y volvemos a encaminarnos con la ciencia", cuenta el físico.
"Pero la verdad es que la ciencia no funciona así. Todos damos pasos pequeños y, como dijo Isaac Newton, todos nos subimos sobre los hombros de gigantes. Y Grosseteste es uno de esos gigantes sobre cuyos hombros se subieron los primeros científicos modernos".

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